cuento infantil

La expedición de los placeres

Ahí van en brillantes armaduras, caminando sonrientes por los caminos que parten los campos. Dos caballeros en una gran misión, no llevan espadas si no una gran colección de juguetes sexuales. Vienen desde muy lejos a encontrar nuevos horizontes, a llevar la cruzada del onanismo al corazón de las tierras desoladas. Se detienen un momento a descansar en el camino cuando aparece un grupo de bandoleros jesuitas, y apuntan sus cruces contra los dos caballeros. Desenvainan con fuerza sus muñecas y las inflan, deben salvarse de alguna forma. “Cálmense buenos sacerdotes, no venimos a luchar sino que a regalar la experiencia de la soledad placentera”- dice el valiente cruzado. “”Adelante señores, un regalo para su alegría”- dice el otro sonriendo. No se la pueden creer los bandoleros y se dejan seducir por las muñequitas, se abalanzan contra el suelo para quedarse en lo eterno, mientras los caballeros ríen a carcajadas y continúan su camino.

Llegan a un pueblo que se ha construido alrededor de un castillo en miniatura, no alcanza a llegar a la rodilla de un niño. Su misión es entrar ahí y entregarle un regalo a la princesa, pues ha prometido casarse con el que tenga el mejor regalo y permitirle vivir en el castillo, que según cuentan, es gigante por dentro, sin embargo, el otro será castrado y luego ejecutado. Pero solo hay un hombre en el pueblo que sabe como entrar. Después de mucho preguntar, llegan a la casa de un anciano, al cual piden ayuda. Le ofrecen muchos juguetes a cambio de su conocimiento, pero este les pide que le entreguen el mejor que tienen. Se quedan sin saber que hacer, hasta que resuelven amarrarlo y usar este juguete sobre el hasta que no pueda más. Claro que este juguete esta hecho para la princesa, consiste en una corona capaz de otorgar orgasmos uno tras otro. Después de un rato el viejo siente que no puede más, que su corazón no aguanta y les decide revelar el secreto. “Para entrar, deben incendiar sus cuerpos cuando estén sobre el castillo”- les dice.

A pesar del miedo, deciden intentarlo, después de tantos esfuerzos no se pueden echar atrás. Se incendian los cuerpos y aparecen en el castillo, dentro de una celda. No hay princesa ni nada, solo una vieja decrepita con una sonrisa sin dientes. Tiene una corona puesta, y se ríe a carcajadas. El tejazo cae sobre nuestros héroes, pero llegando al punto máximo de la decepción, llega la rubia de los cuentos. Antes de abrir la celda, les pregunta que regalo le han traído, y les dice que más vale que sea el mejor, de lo contrario serán los dos castrados. Aseguran tener el regalo que desea y los lleva a una pieza con una cama enorme para que le enseñen su material. Ambos sacan sus coronas, nerviosos porque creen que una de las dos será satisfactoria, mientras la otra será una sentencia de muerte. La princesa los mira decepcionada y les grita “¡yo quiero que me hagan el amor, no una corona!”. El fin ha llegado, ninguno de los dos lo ha hecho, y no saben como hacerlo para complacerla. Han sellado su destino, y tendrán que vivir castrados, con su corona en la cabeza, junto a la vieja decrepita que los recibió. Pero ¿Qué más da? Sus juguetes les valieron su llegada, y les valdrán hasta el fin de sus días.

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